General

4 Mar, 2019

 

Discurso pronunciado por el señor Rector Dr. Franklyn Holguín Haché en ocasión de la Graduación Extraordinaria de la Universidad APEC, 2019

 

“Vivimos la más trascendental controversia de la historia, fallada pero no resuelta todavía, porque el drama de la humanidad contemporánea se reduce en el fondo, a una lucha entre el derecho del hombre a disfrutar de plena libertad y la tendencia del poder civil a sojuzgarlo en nombre de la razón política, de las convenciones sociales; a una lucha del imperativo pretencioso de la razón, el automatismo ciego de la técnica, esta inquietud en que naufragan los entendimientos, esta paz inestable que siembra la desconfianza y el temor en el alma de los pueblos, ¿cómo puede explicarse esta fiebre de lucro que se extiende al universo entero y esta abolición de todos los valores en que se ordena la escala de la vida?”

“Pienso, podemos explicar esta controversia porque considero que estamos en un período de tiempo en que, un nuevo intento del hombre de negar los principios en que se funda la sociedad cristiana, y de discutir el reinado de la tierra, a aquél que hizo intérprete de todos los cuerpos, de todas las miserias, de todas las culpas, de todas las humillaciones, y las depositó a los pies de la cruz, para que siempre se convirtiese en rescate, y diera valor de vida eterna, a todos los dolores humanos, y cuando extendió sus brazos ante la expectativa universal para ofrecer a los hombres de buena voluntad, no sólo la posesión de la tierra, sino también la posesión del cielo y el imperio de la esperanza infinitiva.”

Al despedirles de su alma mater, me permito dejar en ustedes algunos principios fundamentales, de aquellos conceptos e ideas, que entiendo, deben ser el centro de sus pensamientos y acciones, a partir de este momento.

Quiero citarles a San Pablo que nos dice: “Aspiren a los dones de Dios más excelentes. Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, no soy más que una campana que resuena o unos platillos que aturden. Aunque yo tuviera el don de la profecía y penetrara todos los misterios, aunque yo poseyera en grado sublime el don de ciencia y mi fe fuera tan grande como para cambiar de sitio las montañas, si no tengo amor, nada soy. Aunque yo repartiera en limosnas todos mis bienes y aunque me dejara quemar vivo, si no tengo amor, de nada me sirve.”

Permítanme ahora en éste discurso académico, evocar la imagen gloriosa de Juan Pablo Duarte y señalar “que para encontrar una austeridad comparable a la de Duarte, sería menester recurrir a la historia de los santos y de otras criaturas bienaventuradas: ser virtuoso, despreciar las riquezas, ser insensible a los honores, ser superior al odio y superior a la maldad, es elevarse sobre todo lo que se halle tocado con fango de la tierra”. Reflexionemos treinta segundos apenas sobre la génesis misma del ideal de patria, sobre las vicisitudes para constituirnos en nación, sobre la aventura espiritual que nos llevó a cuajar en una identidad, en una concepción sólida del ser dominicano. Cuando decimos “Dominicano” convocamos una historia particular y gloriosa, porque el origen mismo de ese gentilicio fue, primordialmente, angustioso.

La dominicanidad era una idea dudosa, no eran muchos los que creían en su viabilidad. Estábamos atrapados en el centro de una disputa, que incluía a las grandes potencias de la época, por una parte; y a la sobrevivencia de la única revolución esclavista triunfante de la historia de la humanidad, revolución de negros libertos, la revolución haitiana; y el conglomerado humano que constituíamos, pocos suponían que encarnaba ya una nación.

Ahí entra el verdadero sentido de la imagen de Duarte, su verdadera fuerza: la conciencia necesaria, que cree sin ningún retroceso en la viabilidad de la nación. Duarte es el cemento invisible con el cual se une nuestra aventura espiritual, él, es la idea tensada de lo que nos reunió como pueblo, el paradigma que debería estar vigente entre nosotros.

Y, ¡oigan bien graduandos y profesores! Duarte está vivo, en el corazón de cada dominicano, y es apropiándonos de su legado, que superaremos los problemas del país, son sus ideas las que deben guiarnos. Duarte se sobre impuso a las dificultades, y dio más de lo que se esperaba de él, en las circunstancias más aciagas de nuestra historia.

En su encíclica: “Paz en La Tierra”, del 11 de abril de 1963, 53 días antes de morir, el Santo Padre, papa Juan XXIII, usó algunas palabras inolvidables. Dijo: “Desarrollo es el nuevo nombre para la paz”. Y es la verdad, si nosotros buscamos la paz, hay que desarrollar la economía, desarrollar la cultura, desarrollar las relaciones internacionales entre países. Desarrollo es el nuevo nombre para la paz y así educación es el nuevo nombre para el desarrollo.

Educación es verdaderamente la llave del desarrollo, y por eso, la llave de la paz, la llave para relaciones pacíficas entre naciones, entre gente, entre comunidades. Si nosotros queremos la paz, nosotros debemos buscar un camino para el desarrollo. Y si nosotros queremos buscar esto, debemos buscar la manera de educarnos, la manera de encontrar una educación fundamental, una educación que llegue a la gente por sus raíces; una educación con valores fundamentales, morales; una educación de familia; una educación que tocaría a todo el hombre; una educación que puede cambiar las personas, haciéndolas mejores, haciéndolas con un anhelo de llegar a una meta más allá, una educación que pueda darnos a todos nosotros un camino para una vida plena, una vida de dignidad, una vida que nos acercaría a la meta de nuestra vida, que es el Señor.

Y quisiera decirles que las características del mundo de hoy obligan a cada de una de las universidades a transformarse continuamente. Entendemos que, la academia es la que tiene que hacer la transformación. La academia debe abordar, de manera imparcial, intelectual y consensuada, los problemas políticos, económicos y sociales del país.

Zygmunt Bauman, el más renombrado estudioso del mundo contemporáneo dice que “Nos guste o no, por acción u omisión, todos estamos en movimiento”. Y lo dice porque para sobrevivir en las condiciones de la posmodernidad, para ser exitoso en la vida social, la inmovilidad no es una opción. Por ejemplo, esta meta que ustedes alcanzan hoy al terminar una carrera universitaria, es apenas un punto de partida. Entraña una meta alcanzada, pero de ahí en adelante es mucho el camino que hay que recorrer. No hay ninguna posibilidad de éxito en detenerse, lo que marca la línea ascendente del desarrollo personal hoy es concebir la formación universitaria como algo inacabado, como un proceso ininterrumpido de fijación de espacios. Algunos de ustedes se volverán plenamente habitantes del mundo contemporáneo, y serán “globales”, en el sentido en el que la tecnología denomina la época, otros, los que se detengan, vivirán un trance que no resulta agradable, ni soportable en un mundo en el que los “globales” dan el tono e imponen las reglas del juego de la vida.

De modo que en nombre de la Universidad APEC los felicito por vencer éste escalón tan significativo de su proceso formativo, e incluyo la felicitación a sus familiares por fijarse el objetivo de superación de sus hijos. Y repito la consigna: en esta llamada sociedad del conocimiento quienes se detienen renuncian por anticipado al éxito. Es como si este siglo XXI fuera esencialmente épico, y quienes se detengan cometen el loco error de truncar sus sueños.

Finalmente, les pido, ser revolucionarios ahora, ser como Duarte y con el amor que Pablo nos predica, asuman el carácter transformador y no permitan que impere la corrupción y esta se defienda con la impunidad, cuando se acepta como algo normal la pobreza y la miseria de millones de dominicanos, cuando se permiten los feminicidios y toda forma de violencia contra la mujer y los niños, cuando los dominicanos no eligen ni deciden porque sus consciencias están compradas o sometidas por el hambre, cuando la salud o la educación no son reales derechos de todos, cuando se fomenta el odio, la división y la discriminación de cualquier género, cuando se violan los Derechos Humanos, cuando se daña la naturaleza y degradamos nuestros ecosistemas, cuando no se premia el trabajo y el esfuerzo, sino, que se fomentan los privilegios y los contubernios de intereses.

Debemos ser una comunidad de trabajo, de ética, donde se construyan los buenos dominicanos y dominicanas que como profesionales y como ciudadanos ayudemos a culminar ese sueño maravilloso aun incluso, porque sentimos que el ideal de Independencia está pendiente. Es necesario que además de haber ganado batallas, de tener nuestra bandera y nuestro escudo se hace imprescindible tener hombres y mujeres dispuestos a construir y conseguir que ese ideal se cumpla, sin el cual no habrá felicidad posible para esta tierra sagrada de Juan Pablo Duarte. Demostremos el valor que tiene ser dominicano. Hay que creer en el país y querer que se desarrolle justo e inclusivo. ¡Mantengamos siempre viva la esperanza del progreso de la tierra que nos vio nacer!

Su Rector, sus profesores y la comunidad académica-administrativa, los miraremos partir con nostalgia, pero pendientes, siempre, de los hitos gloriosos de sus vidas.

“Que la luz que apareció sobre la tierra con el primer maestro, siga siempre encendida y continúe brillando cada día, con más fuerzas, en todos nosotros y en los dominios de la conciencia humana”.

 

Dr. Franklyn Holguín Haché

Rector